La Lista de Evaluación del Tratamiento del Autismo (ATEC) evalúa los cambios en las características autistas a lo largo del tiempo en niños a partir de los 2 años, así como en adultos.
La Lista de Evaluación del Tratamiento del Autismo (ATEC) es un cuestionario de 77 ítems que deben completar los cuidadores, diseñado para evaluar los cambios relacionados con el tratamiento en los signos y síntomas del autismo a lo largo del tiempo en niños a partir de los 2 años, así como en adultos (Rimland y Edelson, 1999). Desarrollada para proporcionar a las familias y a los profesionales clínicos un método accesible para realizar un seguimiento de los cambios en los síntomas del autismo, la ATEC sirve como herramienta de seguimiento del tratamiento más que como instrumento de diagnóstico, lo que la hace especialmente valiosa para medir la eficacia de la intervención y el progreso a lo largo del tiempo.
El ATEC consta de cuatro subescalas distintas que recogen las áreas clave que suelen verse afectadas en las personas con autismo:
Las subescalas permiten identificar los ámbitos específicos que pueden estar respondiendo a las intervenciones terapéuticas.
El ATEC ha demostrado su utilidad para supervisar el progreso del tratamiento y la eficacia de las intervenciones (Jarusiewicz, 2002; Magiati et al., 2011), establecer perfiles de síntomas iniciales, realizar un seguimiento de los cambios en ámbitos específicos a lo largo del tiempo y facilitar debates basados en datos sobre los resultados del tratamiento y la planificación de futuras intervenciones.
La Lista de Evaluación del Tratamiento del Autismo (ATEC) arroja una puntuación total (rango: 0-179) y cuatro puntuaciones de subescalas, en las que las puntuaciones más altas indican un mayor grado de discapacidad y las más bajas sugieren menos dificultades relacionadas con el autismo:

El objetivo principal del ATEC es evaluar la evolución de los signos y síntomas del autismo a lo largo del tiempo en respuesta a las intervenciones terapéuticas. Cuando se administra más de una vez, los gráficos muestran la evolución de las puntuaciones totales y de las subescalas a lo largo del tiempo, lo que facilita el seguimiento de los progresos y los resultados.


Se proporcionan los rangos de percentiles basados en los datos normativos del Instituto de Investigación sobre el Autismo (Rimland y Edelson, 1999) para contextualizar las puntuaciones de una persona en relación con las de las personas con autismo. Las puntuaciones situadas en el rango del percentil 90 al 99 pueden indicar un nivel de preocupación clínicamente elevado, mientras que las puntuaciones más cercanas al percentil 50 representan respuestas típicas de la muestra normativa, lo que sugiere la presencia de rasgos autistas subclínicos.
La Lista de Evaluación del Tratamiento del Autismo (ATEC) presenta sólidas propiedades psicométricas.
Los datos del Instituto de Investigación sobre el Autismo (Rimland y Edelson, 1999), basados en 1.358 participantes, muestran una sólida fiabilidad en cuanto a la consistencia interna tanto para la puntuación total como para todas las subescalas, con los siguientes valores del alfa de Cronbach: Puntuación total (0,94), Habla/Lenguaje/Comunicación (0,92), Sociabilidad (0,84), Conciencia sensorial/cognitiva (0,88) y Salud/Físico/Comportamiento (0,82).
Aunque el ATEC no se diseñó para utilizarse como herramienta de cribado, muestra correlaciones significativas con medidas establecidas del autismo (Geier et al., 2013; Magiati et al., 2011), lo que respalda su validez convergente. El ATEC también muestra asociaciones significativas con los síntomas físicos del autismo (Adams et al., 2011) y con los biomarcadores relacionados con el autismo (Kern et al., 2010).
El ATEC ha demostrado su sensibilidad ante los cambios relacionados con el tratamiento a lo largo del tiempo (Jarusiewicz, 2002; Magiati et al., 2011), lo que respalda su utilidad como herramienta de seguimiento del progreso.
El ATEC resulta especialmente valioso como herramienta de seguimiento rutinario de los resultados, ya que puede administrarse periódicamente a lo largo del tratamiento, normalmente cada 4-6 semanas. A diferencia de las pruebas diagnósticas que evalúan el autismo en un momento concreto, el ATEC está diseñado específicamente para detectar cambios, lo que lo convierte en una herramienta ideal para comprobar si las intervenciones están surtiendo el efecto deseado. Los profesionales clínicos pueden establecer una referencia administrando el ATEC antes de iniciar el tratamiento y, posteriormente, volver a administrarlo periódicamente para identificar qué ámbitos concretos están respondiendo a la intervención.
Las cuatro subescalas permiten a los profesionales clínicos realizar un seguimiento de las respuestas diferenciales al tratamiento en los distintos ámbitos. Por ejemplo, un niño que reciba logopedia podría mostrar mejoras en la subescala de Habla/Lenguaje/Comunicación antes de que se observen cambios en otras áreas. Este seguimiento detallado ayuda a los profesionales clínicos a tomar decisiones basadas en datos sobre si continuar, modificar o cambiar las intervenciones. Los rangos percentiles generados para cada subescala proporcionan un contexto para comprender dónde se sitúa un niño en relación con otros niños autistas, lo que ayuda a establecer objetivos de tratamiento realistas y a comunicar el progreso a los cuidadores y otras personas. Dado que el ATEC tarda menos de 15 minutos en completarse y puede ser rellenado por los cuidadores entre sesiones, permite una recopilación regular de datos sin añadir una carga significativa a las citas clínicas.
Las herramientas de evaluación cumplimentadas por los cuidadores, como el ATEC, recogen comportamientos y síntomas en múltiples entornos y momentos del día que los profesionales sanitarios no pueden observar directamente durante las consultas. Los cuidadores observan a sus hijos en casa, durante las comidas, a la hora de acostarse y en situaciones sociales, lo que ofrece una visión más completa del funcionamiento que las evaluaciones realizadas únicamente en la consulta. Esto resulta especialmente importante en la evaluación del autismo, donde los comportamientos pueden variar significativamente según el contexto debido a diferencias sensoriales, cambios en la rutina y exigencias sociales.
El ATEC también permite a los cuidadores participar activamente en el seguimiento del progreso de su hijo, lo que puede mejorar la implicación en el tratamiento y ayudarles a reconocer mejoras graduales que, de otro modo, podrían pasar desapercibidas. Cuando los cuidadores completan el ATEC con regularidad, desarrollan un marco más objetivo para observar los comportamientos de su hijo, y pasan de las impresiones generales a observaciones específicas y cuantificables. Esta observación estructurada puede mejorar la comunicación entre las familias y los profesionales clínicos, ya que los cuidadores pueden proporcionar información más precisa sobre lo que está cambiando y lo que sigue siendo un reto. Además, las medidas basadas en los informes de los cuidadores son rentables y reducen la necesidad de evaluaciones formales frecuentes, lo que hace viable realizar un seguimiento del progreso con mayor regularidad de lo que sería posible solo con las herramientas administradas por los profesionales clínicos.
El seguimiento de los signos y síntomas del autismo a lo largo del tiempo ofrece a las familias una «curva de crecimiento» que les permite comprender la trayectoria del desarrollo de su hijo, de forma similar a como los pediatras controlan la estatura y el peso. Esta perspectiva longitudinal ayuda a las familias a comprender que el desarrollo autista suele seguir un patrón diferente al del desarrollo neurotípico, con períodos de progreso rápido, estancamientos y, en ocasiones, retrocesos temporales. El seguimiento regular ayuda a las familias a reconocer patrones, como las mejoras durante el curso escolar frente a las vacaciones, o los cambios relacionados con transiciones del desarrollo como la pubertad.
El registro de los cambios en los síntomas a lo largo del tiempo también tiene utilidades prácticas más allá del tratamiento clínico. Aporta pruebas objetivas para las reuniones de planificación educativa, lo que ayuda a las familias a reclamar apoyos escolares adecuados o cambios en la ubicación educativa. A la hora de solicitar financiación o servicios, los datos longitudinales del ATEC pueden demostrar las necesidades actuales o documentar mejoras que podrían afectar a la elegibilidad. Y lo que es quizás más importante, disponer de datos concretos sobre el progreso puede aportar esperanza en los momentos difíciles y una sensación de validación en los momentos de mejora, lo que ayuda a las familias a mantener expectativas realistas al tiempo que celebran los avances reales, por pequeños que sean.
Las investigaciones indican que las puntuaciones en la escala ATEC suelen disminuir (mejorar) con la edad en los niños con autismo, pero el ritmo y el patrón de cambio varían considerablemente en función de la gravedad inicial y de factores individuales. A diferencia del desarrollo neurotípico, en el que las habilidades suelen progresar de forma lineal, el desarrollo de las personas con autismo suele presentar un perfil irregular, con avances repentinos en algunas áreas, mientras que otras se mantienen estables o se desarrollan más lentamente.
La mejora en las puntuaciones del ATEC no siempre sigue una trayectoria descendente lineal. Las puntuaciones pueden aumentar temporalmente durante períodos de estrés, enfermedad o cambios importantes, antes de retomar su tendencia a la mejora. Algunos ámbitos pueden mostrar una rápida mejora inicial —especialmente el habla y la comunicación en niños pequeños que reciben una intervención intensiva—, mientras que otros, como el procesamiento sensorial, pueden cambiar de forma más gradual a lo largo de los años. También es importante reconocer que, a medida que los niños crecen, pueden surgir nuevos retos (como dificultades sociales que se hacen más evidentes en la adolescencia), incluso aunque otras áreas mejoren. Por eso, el seguimiento regular de los cuatro ámbitos del ATEC ofrece una visión más completa que centrarse únicamente en la puntuación total.
Los niños con autismo suelen presentar hipersensibilidad sensorial, diferencias en la comunicación y patrones de comportamiento que pueden complicar el proceso de evaluación, incluso cuando se utilizan herramientas basadas en los informes de los cuidadores, como el ATEC. A los cuidadores les puede resultar difícil responder a ciertas preguntas si el comportamiento de su hijo varía considerablemente según el entorno debido a estímulos sensoriales, o si su hijo enmascara los síntomas en algunos contextos pero no en otros. Por ejemplo, un niño puede parecer que mantiene un buen contacto visual en casa, donde se siente seguro, pero evitarlo por completo en entornos abrumadores, lo que dificulta que los cuidadores seleccionen una única respuesta que refleje esta variabilidad.
Comprender estos retos de evaluación es fundamental tanto para las familias como para los profesionales sanitarios. Los cuidadores que rellenen el ATEC deben basar sus respuestas en el comportamiento habitual o más común del niño, en lugar de en momentos concretos o excepcionales. Si los comportamientos dependen en gran medida del contexto, puede resultar útil tomar notas sobre estos patrones para comentarlos con los profesionales sanitarios, ya que esta variabilidad en sí misma proporciona información clínica importante. Los profesionales sanitarios deben ser conscientes de que las aparentes inconsistencias en las respuestas de los cuidadores pueden reflejar la complejidad real de la presentación del niño, en lugar de un informe poco fiable, y deben explorar estos patrones como parte de la comprensión del perfil único de fortalezas y dificultades del niño.
Rimland, B. & Edelson, S. (1999). Autism Treatment Evaluation Checklist (ATEC). Autism Research Institute. https://autism.org/autism-treatment-evaluation-checklist/
Adams, J.B., Johansen, L.J., Powell, L.D., Quig, D., & Rubin, R.A. (2011). Gastrointestinal flora and gastrointestinal status in children with autism – comparisons to typical children and correlation with autism severity. BMC Gastroenterology, 22. https://doi.org/10.1186/1471-230X-11-22
Geier D. A., Kern J. K., Geier M. R. (2013). A Comparison of the Autism Treatment Evaluation Checklist (ATEC) and the Childhood Autism Rating Scale (CARS) for the Quantitative Evaluation of Autism. Journal of Mental Health Research in Intellectual Disabilities, 6(4), 255–267. https://doi.org/10.1080/19315864.2012.681340
Jarusiewicz, B. (2002). Efficacy of neurofeedback for children in the autistic spectrum: A pilot study. Journal of Neurotherapy, 6(4), 39–49. https://doi.org/10.1300/J184v06n04_05
Kern, J.K., Geier, D.A., Adams, J.B., & Geier, M.R. (2010). A biomarker of mercury body-burden correlated with diagnostic domain specific clinical symptoms of autism spectrum disorder. BioMetals, 23, 1043-1051. https://doi.org/10.1007/s10534-010-9349-6
Magiati I., Moss J., Yates R., Charman T., Howlin P. (2011). Is the Autism Treatment Evaluation Checklist a useful tool for monitoring progress in children with autism spectrum disorders?: Is the Autism Treatment Evaluation Checklist useful? Journal of Intellectual Disability Research, 55(3), 302–312. https://doi.org/10.1111/j.1365-2788.2010.01359.x